Por Jorge Calles Santillana
Todos los actores relacionados en el caso Aristegui muestran la precariedad de nuestras culturas políticas e informativas
Cinco asuntos dieron lugar al controvertido caso “Aristegui-Calderón”: el hecho que lo suscitó (la manta petista en el Congreso acusando de alcoholismo a Calderón), la cobertura del hecho realizada por Carmen Aristegui, el presunto alcoholismo del presidente, el cese de la periodista por parte de MVS y la controversia que suscitó esta suspensión. Todos ellos muestran la precariedad de nuestras culturas políticas e informativas.
A nadie sorprende la conducta de Fernández Noroña, enfocada en atraer la atención mediante el ruido. Él es uno de esos políticos que creen poseer la verdad por lo que están convencidos de que son los gritos y las vulgaridades las herramientas más pertinentes para demostrar su superioridad moral y la pobreza de quienes no coinciden con ellos. Tampoco asombró a nadie que diputados de la izquierda tomaran el podio para desplegar la famosa manta, contraviniendo una resolución que prohíbe ese tipo de demostraciones públicas y que fue votada por los mismos diputados. Lo que sí llamó particularmente mi atención fue el hecho de que el énfasis informativo recayera en el contenido de la manta y no en esta conducta obcecada y violatoria de las normas de la vida legislativa y que es un claro indicador de la peligrosidad de estos grupos.
Estoy plenamente convencido que, por muchas razones, México no sólo necesita sino que resultaría altamente beneficiado por un gobierno de izquierda. Sin embargo, no de esta izquierda, cerrada, autoritaria, soberbia. Para ella, la democracia lo es sólo en caso de que coincida con su versión de la Historia y la Sociedad. Si no es así, entonces es una democracia espuria, burguesa, inútil, un obstáculo más al desarrollo de la Verdad. De allí que nada tenga de mala pisotearla, ignorarla, aplastarla. Si así se comporta ahora que es minoría y que sus posibilidades de alcanzar el poder son escasas, no es difícil suponer que se asuma con todo el derecho a hacer lo que su concepción del Bien le dicte, pasando sobre lo que sea, una vez en el poder. Una izquierda así no es sino un peligro. Poco espacio y tiempo se dedicó a este asunto. Llamó más la atención la acusación en contra de Calderón.
En el noticiero de Carmen Aristegui el hecho propició cobertura tanto de la conducta de los diputados petistas, como del contenido de la manta. Uno de los reporteros de Carmen se ocupó de enfatizar la violación a las normas del recinto legislativo y al conflicto verbal entre diputados que se originó a partir de que Fernández Noroña y sus colegas desplegaron la manta en contra de Calderón. Al comentar la nota, Carmen prestó poca atención al enfoque de su reportero y se ocupó del supuesto alcoholismo del presidente. Nadie se llame a engaño. Carmen Aristegui no procedió inocentemente. Lo hizo con una clara intención política: afectar al presidente desde la izquierda. La agenda política de Carmen Aristegui no es un secreto para nadie en el país. Ella, por lo demás, no la oculta.
No obstante, es injusto acusarla de convertir en noticia un rumor. En ningún momento Carmen afirmó que Calderón sea alcohólico. Se cuidó mucho de hacerlo. Dijo que los rumores sobre este fenómeno son múltiples y que circulan por todos los medios. No mintió. En algún momento, todos hemos escuchado el rumor en diferentes contextos. De hecho, Julio Scherer reproduce en el libro en el que narra el secuestro de su hijo, una carta que Carlos Castillo Peraza le dirigió a Felipe Calderón cuando éste era presidente del PAN. En ella, Castillo recrimina a Calderón por su autoritarismo, su despotismo y su afición al alcohol. Quizás desde allá vengan los rumores, los que sin duda los enemigos de Calderón han retomado. Pero los rumores han existido e, innegablemente, han sembrado dudas sobre la salud mental del presidente.
La estrategia periodística con la que Carmen decidió enfrentar el asunto no es la única posible, pero es una de tantas y es válida y legítima. También es valiente. ¿Por qué no exigir a las autoridades que den cuenta de un asunto que podría afectar la seguridad nacional? Ningún otro periodista había señalado que era necesario que la presidencia aclarara ya, de una vez por todas, los rumores crecientes e insistentes. Carmen lo hizo e hizo bien, aunque con una clara intencionalidad política. El periodismo partidario podrá no convencer a muchos (yo incluido, por lo que no engroso la larga lista de fans de Carmen) pero es válido y aceptable. Sobre todo cuando se hace bien, como acostumbra hacerlo Carmen. Poner la actividad periodística al servicio de una causa particular podrá ser cuestionable, pero no sancionable ni política ni jurídicamente. La libertad de expresión lo cobija, lo hace posible. De esa manera, mientas que el atrevimiento de Carmen no es reprobable bajo ningún punto de vista, sí lo es en cambio su cese.
Si el código de ética de MVS establece que no se debe dar el trato de noticia a ningún rumor, resulta difícil sostener que Carmen lo haya violado. Repito: en ningún momento Carmen dio por hecho el alcoholismo de Calderón. Hizo ver que los rumores son ya muchos (repito también: no mintió, los rumores circulan todos los días por todos lados) y que, por tanto, se hacía necesaria una aclaración por parte de la presidencia de la república. ¿Qué pasó? ¿Por qué MVS separó a Carmen del noticiero? Las especulaciones son muchas; no hay respuesta. Mi hipótesis que la presidencia habrá hecho un extrañamiento ante la empresa, que no necesariamente haya exigido una disculpa pública, y MVS, temerosa de perder contratos de publicidad, intentó orillar a Carmen a la disculpa. Craso error. Pero haya pasado lo que haya pasado, el hecho mismo de que a alguien, quien fuere, se le haya ocurrido la idea de que Carmen ofreciera una disculpa deja en claro que continuamos viviendo en la prehistoria. La creencia de que la figura presidencial es intocable e incuestionable continúa arraigada y firme.
No hemos avanzado mucho.
Todos los actores relacionados en el caso Aristegui muestran la precariedad de nuestras culturas políticas e informativas
Cinco asuntos dieron lugar al controvertido caso “Aristegui-Calderón”: el hecho que lo suscitó (la manta petista en el Congreso acusando de alcoholismo a Calderón), la cobertura del hecho realizada por Carmen Aristegui, el presunto alcoholismo del presidente, el cese de la periodista por parte de MVS y la controversia que suscitó esta suspensión. Todos ellos muestran la precariedad de nuestras culturas políticas e informativas.
A nadie sorprende la conducta de Fernández Noroña, enfocada en atraer la atención mediante el ruido. Él es uno de esos políticos que creen poseer la verdad por lo que están convencidos de que son los gritos y las vulgaridades las herramientas más pertinentes para demostrar su superioridad moral y la pobreza de quienes no coinciden con ellos. Tampoco asombró a nadie que diputados de la izquierda tomaran el podio para desplegar la famosa manta, contraviniendo una resolución que prohíbe ese tipo de demostraciones públicas y que fue votada por los mismos diputados. Lo que sí llamó particularmente mi atención fue el hecho de que el énfasis informativo recayera en el contenido de la manta y no en esta conducta obcecada y violatoria de las normas de la vida legislativa y que es un claro indicador de la peligrosidad de estos grupos.
Estoy plenamente convencido que, por muchas razones, México no sólo necesita sino que resultaría altamente beneficiado por un gobierno de izquierda. Sin embargo, no de esta izquierda, cerrada, autoritaria, soberbia. Para ella, la democracia lo es sólo en caso de que coincida con su versión de la Historia y la Sociedad. Si no es así, entonces es una democracia espuria, burguesa, inútil, un obstáculo más al desarrollo de la Verdad. De allí que nada tenga de mala pisotearla, ignorarla, aplastarla. Si así se comporta ahora que es minoría y que sus posibilidades de alcanzar el poder son escasas, no es difícil suponer que se asuma con todo el derecho a hacer lo que su concepción del Bien le dicte, pasando sobre lo que sea, una vez en el poder. Una izquierda así no es sino un peligro. Poco espacio y tiempo se dedicó a este asunto. Llamó más la atención la acusación en contra de Calderón.
En el noticiero de Carmen Aristegui el hecho propició cobertura tanto de la conducta de los diputados petistas, como del contenido de la manta. Uno de los reporteros de Carmen se ocupó de enfatizar la violación a las normas del recinto legislativo y al conflicto verbal entre diputados que se originó a partir de que Fernández Noroña y sus colegas desplegaron la manta en contra de Calderón. Al comentar la nota, Carmen prestó poca atención al enfoque de su reportero y se ocupó del supuesto alcoholismo del presidente. Nadie se llame a engaño. Carmen Aristegui no procedió inocentemente. Lo hizo con una clara intención política: afectar al presidente desde la izquierda. La agenda política de Carmen Aristegui no es un secreto para nadie en el país. Ella, por lo demás, no la oculta.
No obstante, es injusto acusarla de convertir en noticia un rumor. En ningún momento Carmen afirmó que Calderón sea alcohólico. Se cuidó mucho de hacerlo. Dijo que los rumores sobre este fenómeno son múltiples y que circulan por todos los medios. No mintió. En algún momento, todos hemos escuchado el rumor en diferentes contextos. De hecho, Julio Scherer reproduce en el libro en el que narra el secuestro de su hijo, una carta que Carlos Castillo Peraza le dirigió a Felipe Calderón cuando éste era presidente del PAN. En ella, Castillo recrimina a Calderón por su autoritarismo, su despotismo y su afición al alcohol. Quizás desde allá vengan los rumores, los que sin duda los enemigos de Calderón han retomado. Pero los rumores han existido e, innegablemente, han sembrado dudas sobre la salud mental del presidente.
La estrategia periodística con la que Carmen decidió enfrentar el asunto no es la única posible, pero es una de tantas y es válida y legítima. También es valiente. ¿Por qué no exigir a las autoridades que den cuenta de un asunto que podría afectar la seguridad nacional? Ningún otro periodista había señalado que era necesario que la presidencia aclarara ya, de una vez por todas, los rumores crecientes e insistentes. Carmen lo hizo e hizo bien, aunque con una clara intencionalidad política. El periodismo partidario podrá no convencer a muchos (yo incluido, por lo que no engroso la larga lista de fans de Carmen) pero es válido y aceptable. Sobre todo cuando se hace bien, como acostumbra hacerlo Carmen. Poner la actividad periodística al servicio de una causa particular podrá ser cuestionable, pero no sancionable ni política ni jurídicamente. La libertad de expresión lo cobija, lo hace posible. De esa manera, mientas que el atrevimiento de Carmen no es reprobable bajo ningún punto de vista, sí lo es en cambio su cese.
Si el código de ética de MVS establece que no se debe dar el trato de noticia a ningún rumor, resulta difícil sostener que Carmen lo haya violado. Repito: en ningún momento Carmen dio por hecho el alcoholismo de Calderón. Hizo ver que los rumores son ya muchos (repito también: no mintió, los rumores circulan todos los días por todos lados) y que, por tanto, se hacía necesaria una aclaración por parte de la presidencia de la república. ¿Qué pasó? ¿Por qué MVS separó a Carmen del noticiero? Las especulaciones son muchas; no hay respuesta. Mi hipótesis que la presidencia habrá hecho un extrañamiento ante la empresa, que no necesariamente haya exigido una disculpa pública, y MVS, temerosa de perder contratos de publicidad, intentó orillar a Carmen a la disculpa. Craso error. Pero haya pasado lo que haya pasado, el hecho mismo de que a alguien, quien fuere, se le haya ocurrido la idea de que Carmen ofreciera una disculpa deja en claro que continuamos viviendo en la prehistoria. La creencia de que la figura presidencial es intocable e incuestionable continúa arraigada y firme.
No hemos avanzado mucho.